¿Quién quiere salir de la violencia? *

ISRAEL COVARRUBIAS, **

Profesor investigador de tiempo completo en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Querétaro, Universidad Autónoma de Querétaro, México

** * Profesor investigador de tiempo completo en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Querétaro (israel.covarrubias@uaq.mx) orcid.org/0000-0001-6264-0204.

48. 2019 ; (26)


Hace varios años, tuve la oportunidad de leer el manuscrito del libro que nos presentan Hugo César Moreno y Mónica Elivier Sánchez, y desde aquella ocasión me quedé con la impresión de que estábamos frente a una obra ambiciosa y original desde su confección. ¿Por qué ambiciosa? Porque su estructura conceptual pone a jugar lo que en aquel entonces yo percibía como dos perspectivas no conciliables: Niklas Luhmann, por un lado, y Gilles Deleuze, por el otro.

Luego de volver a leer el texto ya como libro, comprendo plenamente cuál era precisamente el propósito de hacer pasar la cuestión de las pandillas (la Mara Salvatrucha y la Pandilla 18), que en su inicio fundaron Homies Unidos y que después sólo se desarrolla con miembros de la Pandilla 18: pensar el fenómeno desde lo político para comprender, por un lado, el sistema que produce —o subsistema, para ser más precisos— y, por el otro, la capacidad (o potencialidad) de hacer de la vida en pandilla también una vida en sociedad. Sobre todo, frente al apetito del orden estatal por colocarnos abiertamente en ese clásico estereotipo de la persecución que la concibe como una organización criminal. Insisto, es una constelación de lo político que abiertamente se subjetiva en su radical diferencia ante la política, aunque nunca sucumba a esta última.

Ahora bien, decir que son una vida en sociedad es verdad a condición de especificar qué vida en sociedad es la que está ahí latente. Veamos qué dice al respecto uno de sus participantes, El Tigre: “Los pandilleros se vuelven una sociedad antisocial dentro de una sociedad” (p. 99).

Así, la reestratificación, que es la categoría central a lo largo del libro, quiere decir, en este sentido, abrir opciones de sociedad, dar rienda suelta al pluralismo constitutivo de toda sociedad en nuestros días. Valores y expectativas que flotan a lo largo de una línea nebulosa que logra umbrales de visibilidad de alto impacto a través de las violencias, para subrayar su desquiciante pluralidad. Y aquí está, a mi juicio, una de las aportaciones y, por ende, es parte de la originalidad del libro de Hugo y Mónica: ¿es posible salir de la violencia?

La respuesta es predecible, pero no deja de ser inquietante: no. ¿Por qué? Salir de la violencia significaría superar los conflictos, los diferendos; en suma, suprimir lo político y, junto con él, también toda su carga polemológica. Esto se ha debido, dicen los autores, a que vivimos en sociedades que adolecen de urgencia y arrogancia. Deseamos que la violencia desaparezca de una vez por todas, pero cada intento de volver una realidad este apetito se diluye, incluso termina por generar otras formas, inéditas —y quizá más degenerativas—, de violencia.

En ocasiones, nuestras respuestas se vuelven el verdadero problema. Véase, por ejemplo, la cita que los dos autores ocupan de Nietzsche: “El Estado es una astuta institución para la protección de los individuos unos contra otros: si se exagera su ennoblecimiento, acabará por debilitar, más aún, por disolver al individuo, es decir por frustrar de la manera más radical el fin originario del Estado” (p. 153, cursivas mías). Exagerar y disolver, vaya ecuación. Para el primer verbo, tenemos la exageración funcional de la necesidad de Estado, corroborando, entre otras cosas, nuestra terrible aversión a la liberalización del sujeto y de la sociedad en relación con los dominios de la estatalidad. Para el segundo caso, disolver quiere decir, en el terreno de la historia y del presente, aniquilamiento real, desaparición real, disolución de los sujetos real, sin mediación de algún tipo de metáfora.

Así pues, la violencia —allende a ser un recurso y una opción— es, además, una constante. No hay salida, sólo clausuras temporales y parciales. El resto es lo que vuelve auténticamente relevante la operación académica e intelectual de nuestros dos autores por contar una historia como la de Homies Unidos, al “neutralizar” ciertas formas de violencia para poder subsistir, aunque decir neutralizar no suponga supresión: “… mientras se reproduce la violencia —sostienen los autores—, en simultaneidad, no se puede reproducir la no-violencia, esto paralizaría al sistema” (p. 180).

Nuevamente, la pregunta: ¿salir de la violencia es posible? La respuesta es ahora más evidente: jamás. Sin embargo, sí existe la capacidad de su reducción y recodificación —reestratificación— de sus estragos, que siempre es lo que termina por llamar nuestra atención. Entonces, en Homies Unidos.

Estrategias de reestratificación desde la sociedad civil, el lector tiene una singular historia de pandilleros “calmados” o pandilleros no activos en violencia, inoperosos, rozando esa forma de profanación que Giorgio Agamben ha lanzado como una posibilidad para cambiar el orden de las cosas en el cual vivimos. 1 Pandilleros que inventan diversas tácticas y no estrategias, porque éstas últimas son competencia, como se sabe, de la operación del poder “desde arriba”, según Michel de Certeau; en este sentido, son las que terminan ex ante por criminalizar el fenómeno, mostrando su intolerancia a problematizarlo antes de volverlo “el problema” en la “historia reciente” de ciertas naciones como El Salvador. Así, las tácticas de los pandilleros calmados nos permiten la comprensión de ese micro-universo de la auto-intervención. De hecho, es la sociedad toda la que no puede sustraerse a esta operación esencial de su desarrollo; “la sociedad requiere auto-intervenirse para reflexionar sobre la distancia y los costos que resultan del plano ideal al que la semántica aspira a que llegue y la irreductible diferencia que hay en la operación sobre la que se mantiene, misma que logra enfatizar la contundencia de la fuerza estructural por encima de la demarcación funcional” (p. 189, cursivas mías).

Un plano ideal que no logra engancharse con el “espacio de la experiencia”, aunque su semántica y su acting a través del prurito securitario tenga una fatal (y letal) reversibilidad: sus efectos son tiempo presente, aquí y ahora. Otra vez, la última insistencia, salir de la violencia es introducirse a ese universo inagotable e inabarcable donde la quiebra del tiempo en el cual se desarrolla el orden que produce una parte importante de la violencia siempre está al acecho. La cuestión es, por consiguiente, romper el cerco de los prejuicios que obnubilan al fenómeno en la ecuación; “pandillas es igual a violencia, y ésta es igual a crimen organizado”. La derivación es ridícula pero eficaz desde el punto de vista publicitario: “no te acerques ni te metas a la pandilla”.

La pandilla, pues, logra auto-intervenirse. Homies Unidos es una de sus experiencias que han podido mantenerse en la línea de su propio tiempo, han podido durar más allá de la coyuntura y de la recurrente incapacidad de comprender qué cosa comunican las pandillas. Una auto-intervención que muestra su rostro desafiante mediante su operatividad: estar “dentro y en contra” de la violencia no es sólo horizonte, es también un presente que reestratifica su pasado y lo vuelve sencillamente un espacio radicalmente “otro”, lo que constituye una auténtica heterotopía desterritorializada.

Aquí es, justo en ese límite de inteligibilidad, donde nuestras categorías ordinarias tartamudean, dejan de decir. Por ello, se puede afirmar sin vanagloria que este trabajo puede permitir la apertura de una brecha que atisbe un nuevo tipo, incluso estilo, de análisis de las realidades sociales, culturales y políticas en nuestra región. Llama poderosamente la atención el espacio concedido en el libro a las entrevistas con pandilleros, por lo que aparece la relevancia del lugar del observador y de sus testimonio, en esa tensión siempre creciente entre aquello que Carlo Ginzburg señala como la contradicción subyacente al poner en “evidencia las diferencias entre la verdad subjetiva de los testigos y la verdad objetiva que demanda un proceso [institucional, social, moral, académico, etcétera]”. 2

Así pues, la entrevista en este caso se vuelve una forma de producción de conocimiento “blando” sobre un fenómeno “duro”, caracterizado por su sofocamiento en el modelo neurótico que tan bien le va a la forma de sociedad en estas dos primeras décadas del siglo XXI: siempre habrá alguien o algunos que tienen que ser perseguidos.

Homies Unidos es la constitución, clara y audaz de lo político en medio del juego de fuerzas entre la monopolización de su interpretación (¿quién está autorizado a hablar sobre las pandillas?, ¿quién tiene la última palabra?, ¿qué se puede decir responsablemente?) y los estudios detallados como el que presentan Hugo César y Mónica Elivier. La distancia entre una y otra orilla es amplia, y es la que marca su des-monopolización y su acercamiento eficaz. Monopolizar es, en resumidas cuentas, criminalizar a las pandillas, y al hacerlo se termina por centralizar la atención casi exclusivamente en sus efectos, y no en el fenómeno que siempre necesitará ser construido.

Remarco el carácter de lo político porque significa varias vías de accesibilidad al fenómeno. Primero, lo político está relacionado directamente con el uso de la violencia para sobrevivir. Segundo, lo político en las pandillas es romper con el carácter paradigmático, incluso emblemático, del sintagma “democracia” y de los sustantivos que lo acompañan: ciudadanía, participación, inclusión, representación. Tercero, lo político en este caso es una sutura entre las paradojas del poder, no sólo el estratégico, sino también el táctico, y la exigencia de vida:

El joven pandillero vive la violencia tanto por su inmersión en un grupo de pares que se distingue de los otros, como por su condición marginada. Por tanto, la no violencia significa un umbral casi inasequible, mucho más borroso cuando la salida de la filiación pandillera supone un castigo, una violencia resuelta con la muerte […] los jóvenes [pandilleros] entendieron que era preciso encontrar una vía distinta, no una desbandada de las pandillas, sino una implicación distinta del grupo: sanar heridas, abrir la boca para entablar diálogos, exigir lo propio y proponer soluciones inmediatas en la medida de su fortaleza, que siempre está integrada a su coagulación grupal (p. 29).

Cuarto, lo político aparece con todas sus letras en la condición de des-territorialización intrínseca al fenómeno de las pandillas. Aquí, el auténtico carácter de polytropos es esencial. Lo uno y lo múltiple, al mismo tiempo. Una forma de des-territorialidad que termina por emular a una esfera por la cual mirar un mundo que dice algo con sus constantes pasajes al acto y dice más con su estructura ausente: todos los puntos son fuga, avance, ruptura, extensión o rodeo, ausencia de centro. No puedo evitar hacer una analogía con un viejo y ahora casi olvidado ensayo de Paul Virilio, donde la forma del polytropos se revela en toda su intensidad; “sin ocupar un lugar preciso, desea no ser identificable, y por encima de todo, no identificarse con nada. ‘No es nadie porque no quiere ser alguien, y para ser nadie, hay que estar a la vez en todas partes y en ninguna’”. 3 El desafío entonces no es puramente topográfico, ya que no hay afuera que acentúe o libere nuestras esperanzas, sino, ante todo, el problema es topológico, en esa esfera que sigue su trayectoria hasta donde la “vida loca” sea posible.


Notas
1 .

fn1 Cfr. Agamben, Giorgio, Profanaciones, Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2005.

2 .

fn2 Ginzburg, Carlo, Las excepciones son siempre más interesantes que la regla, entrevista realizada por Juan Carlos Fangacio Arakaki, El Comercio, 7 de octubre de 2018.

3 .

fn3 Virilio, Paul, Estética de la desaparición, Barcelona, Anagrama, 1998, pp. 26-27.

* .

fn7Hugo César Moreno Hernández y Mónica Elivier Sánchez González, Homies Unidos. Estrategias de reestratificación desde la sociedad civil, Ciudad de México, Universidad Iberoamericana, 2018.

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